Hoy quiero compartir algo importante de mi historia personal.
Algo que fue clave.
En mi carrera como músico toqué con distintos tipos de grupos.
Por diferentes razones, esos grupos llegaron hasta donde llegaron, y estuvo más o menos bien mientras duró.
Y llegado el momento de trabajar y de independizarme, me di cuenta de una cosa que me dio bastante miedo.
Con el ritmo de trabajo a jornada completa me era imposible tener un proyecto musical como lo había hecho hasta entonces.
No había tiempo para ensayar, ni para conciertos ni para nada más que trabajar y los quehaceres de la vida cotidiana, que me absorbían la vida.
Ese cajón mágico en el que metía la ropa cuando vivía en casa de mis padres, y aparecía limpia, planchada y doblada, ya no existía.
Ese plato de comida preparada con amor y puesto en la mesa para que llegara, me sentara y disfrutara, tampoco.
Bueno.
La cosa es que la llama de la música, el veneno, seguía dentro.
En vez del local de ensayo, empecé a tocar con la acústica en mi nuevo salón.
Empecé a componer canciones sobre las experiencias que la vida me ofrecía. Sin más expectativa que seguir disfrutando de la música. Y ver veríamos.
Y las canciones se empezaron a amontonar. Y el tiempo empezó a pasar.
Todo empezó a coger un poco de polvo.
Necesitaba empezar a compartir otra vez mi música.
Pero esta vez, sería yo solo.
Sin estar detrás de una batería con otros 3 tocando al alto la lleva.
Sin estar tocando la guitarra con un ampli Marshall a tope de distorsión y el resto de la banda.
Solo. Acústico. Todo el mundo en silencio escuchando.
La simple idea de tocar y cantar yo solo con mi guitarra en directo, era un sueño, pero a la vez una pesadilla.
¿y si me quedaba en blanco?
¿y si me ponia nervioso y me temblaba la voz y hacía el ridículo?
¿y si las canciones no gustaban?
Y si.
Y si.
Y si…
Me imaginaba una sensación de mucha desnudez. No me sentía capaz.
Pasaba el tiempo y cada vez estaba más lejos de los escenarios.
Y entonces paso algo.
Entonces me acechó otro nuevo miedo.
El miedo a dejar de tocar definitivamente.
De que todas esas canciones que contenían mis emociones, mis vivencias,
Todas esas canciones que había reído, llorado, sangrado…
No salieran de mi salón.
Ni de mi cabeza.
Es paradójico.
Este nuevo miedo se hizo tan grande que supero a todos los anteriores y me hizo actuar.
Actuar.
Actuar.
Y actuar otra, otra y otra vez.
Cómo lo hice lo contaré en otro email que esto ya se alarga mucho por hoy.
Solo decirte que si te sientes en alguna de estas situaciones, si sigues con la llama de la música dentro y no sabes como dar el siguiente paso quizá pueda ayudarte.
