Cuando era pequeño me encantaba andar en bicicleta.
Era una de las cosas que más me gustaba hacer.
Me sentía como si volara sobre ruedas, con el aire dándome en la cara.
Recuerdo mi primera bicicleta, una orbea azul pequeña, con “ruedinas”: unas ruedas supletorias que se añadían a la rueda de atrás para que no te pudieras caer mientras aprendías a mantener el equilibrio.
Y así, despues de mucho parque con las ruedinas, llegaría el gran día en que podrías quitarlas…
Y fue en ese momento crítico cuando mi padre me ayudó a mantener el equilibrio,
sujetando por el sillín…
y corriendo a mi lado mientras yo daba las primeras pedaladas
hasta que cogí la suficiente velocidad para mantener el equilibrio
y al fin
volar solo.
Nunca olvidaré esa sensación de felicidad al haberlo conseguido.
Bien.
Cuando somos mayores, los procesos de aprendizaje son iguales y tenemos que recordar como conseguir las cosas que nos proponemos.
A veces nos olvidamos de esto, yo el primero, y tratamos de conseguir las cosas por nosotros mismos, cuando podríamos aprender mucho más rápido si contamos con alguien que nos guíe.
Alguien que conoce el camino, pues ya lo ha recorrido y conoce los obstáculos.
Alguien que nos indique el siguiente paso y que esté con nosotros en los momentos críticos.
Acompañándonos mientras hacemos nuestro mejor esfuerzo para aprender.
Cogiéndonos del sillín y corriendo a nuestro lado, hasta que al fin volemos solos.
Ese es el poder de los mentores, y desde que soy consciente, aplico esa manera de aprender a todo lo que me propongo.
Y es por eso que ahora enseño cómo preparar un concierto en el que muestres tu mejor música, conectes con el público y estés agusto en el escenario.
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